12 de diciembre de 2010

Una nueva rutina

Una de las habilidades del ser humano es su capacidad de adaptación a nuevos territorios. Lo que al principio se antoja inhóspito y complicado acaba convirtiéndose, con el paso del tiempo, en la cómoda rutina de todos los días. En ocasiones este nuevo hábitat poco o nada tiene que ver con el anterior, con lo que la hazaña de su nuevo inquilino es digna de elogio; otras veces, sin embargo, el nuevo territorio tiene de novedad apenas unos pocos pequeños detalles, pero son detalles a los que, al fin y al cabo, hay que acostumbrarse. Ése es mi caso.


15 de noviembre de 2010

No pudo ser

Nunca he sido aficionada a los deportes ni a meterme en la fuente -nunca, mejor dicho, hasta hace un par de años-, pero siempre me han gustado las celebraciones. Por eso esperaba ayer ilusionada el momento de salir corriendo hacia la plaza América para festejar con un chapuzón el tercer título mundial de Fernando Alonso. Quizás me encontrara a unos cuantos cientos de kilómetros de Oviedo, pero mi atención se encontraba en la rotonda a la que, con suerte, llegaría en un par de horas. Sin embargo, no pudo ser. Una mala estrategia de Ferrari, dicen unos, y un coche que jamás ha sido del todo competitivo, aseguran otros, le arrebataron el Mundial al asturiano y facilitaron la incuestionable victoria del siempre sonriente Vettel. Y, mientras tanto vencedores como vencidos daban rienda suelta a su lágrimas, Oviedo entera se lamentaba de la ocasión perdida. Otra vez será, pensaba la ciudad. ¿El próximo año, quizás?

 

8 de noviembre de 2010

De ruta por Oviedo

En su día comenté cómo, al escuchar la noticia de que me mudaba a Oviedo, la mayoría de la gente mencionó lo bonita ciudad que es y lo mucho que llueve. Algunos, además, se apresuraron a prometer que vendrían a visitarme. Fue entonces cuando recordé el anuncio de los Donettes que decía aquello de "te salen amigos por todas partes"... Porque, que queréis que os diga, pero en cuatro años que he vivido en Valladolid tan sólo seis amistades se han acercado a verme, mientras que en apenas dos meses que llevo en Oviedo ya tengo lista de espera...

Ahora, con tanta expectación, no puedo defraudar a mis huéspedes. Por eso me he propuesto elaborar una pequeña lista de los lugares de Oviedo que ningún turista debería perderse, para que tanta belleza y encanto les haga olvidar que mis dotes culinarias no siempre rozan la perfección y que, admitámoslo, el mal tiempo a veces resulta molesto. Se trata de cinco enclaves más o menos inolvidables, que por alguna razón logran que me sienta orgullosa de mi ciudad.

Los cinco rincones imprescindibles en Oviedo


De la plaza de la Escandalera a la Catedral, y de ahí a la Plaza del Ayuntamiento


Plaza del Ayuntamiento, por javier.losa

O, lo que es lo mismo, el casco antiguo de la ciudad. Sé que no es un rincón propiamente dicho, sino una ruta, pero es que, en mi opinión, lo bonito de la zona vieja es realizar este recorrido en el que te empapas de las diferentes esencias que conviven en Oviedo. Primero, en la plaza de la Escandalera, entre el Campo de San Francisco y el Teatro Campoamor, descubres la ciudad moderna y señorial, el escenario de los Premios Príncipe de Asturias. Justo después, subiendo por la calle San Francisco con la Catedral al fondo, contemplas la ciudad monumental, fotografía imprescindible de los libros de arte. Más tarde, tomando la calle Mon hacia la Plaza del Ayuntamiento, y sobre todo una vez que alcanzas la plazuela, te topas con la ciudad sencilla, de calles estrechas y locales minúsculos, de las que invitan a perderse.

El Monte Naranco

Iglesia de Santa María del Naranco, por javier.losa

Un parque, dos iglesias Patrimonio de la Humanidad y las maravillosas vistas de Oviedo se unen en este conocido enclave. Ya sea para maravillarte por el verde de Asturias, admirar arquitectura o contemplar la ciudad desde lo alto, la subida al Monte Naranco es, si el tiempo lo permite, visita obligada. Además, sólo desde ahí arriba podrás comprobar las impresionantes dimensiones del edificio Calatrava...

El Calatrava

Futuro Palacio de Congresos Princesa Letizia, el 'Calatrava'

Desde el primer día que puse un pie en Oviedo, el edificio diseñado por Santiago Calatrava es mi vista preferida. Descomunal, llamativo, brillante, hiptónico... Llámese Palacio de Congresos Princesa Letizia, centro Buenavista o Calatrava, no deja a nadie indiferente En mi caso, recuerdo que la primera vez que vi sus dos torres encajonadas pensé por un segundo que una nave espacial acababa de aterrizar en Oviedo... No podía creerme que un edificio tan extraño y colosal existiera en la ciudad y aún no supiera de su existencia. Y, entonces, cuando ya me hice a la día de que la obra del mismísimo Calatrava sería mi vecina, descubrí que la cúpula era móvil... Y ahora no puedo dejar de pensar en el momento en que la vea abrirse por primera vez.

El bulevar de la sidra

La calle Gascona


No hace falta ser muy listo para sospechar que la razón de que tantos amigos me hayan prometido una visita radica en la sidra. No sé que tendrá esta bebida, pero a muchos les resulta irresistible, más cuando se trata de sidra natural y escanciada por expertos. Por eso, la calle Gascona, el Bulevar de la Sidra, es también visita obligada. Dicen los ovetenses que para irse de sidrerías vale cualquier zona, pero la rampa de la calle Gascona y el olor que despiden los locales tienen su encanto...

Woody


La estatua de Woody Allen

Puede que lo de fotografiarte con estatuas no sea lo tuyo, o que las películas de Woody Allen no figuren entre tus preferidas, o incluso que te indigne que un hombre que se lió con su hija adoptiva goce de ese reconocimiento, pero, si te gusta el cine, no puedes obviar pasar junto a la efigie de Woody y hacerte una foto. Más cuando te das cuenta de que un personaje tan conocido como él estuvo ahí mismo...

25 de octubre de 2010

Premios Príncipe de Asturias: la magia

Nunca he sido forofa del fútbol, hasta, como tantos otros, el triunfo de la Selección Española en la Eurocopa de 2008. Para cuando la Roja ganó el Mundial de Sudáfrica, ya conocía de memoria el nombre y procedencia de sus once jugadores, y hasta era capaz de admirar su celebrado juego del toque. Por eso, los primeros rumores sobre la entrega del Príncipe de Asturias de los Deportes a la Selección me llenaron de ilusión; sabía que para entonces viviría en Oviedo y, con suerte, vería de cerca a los nuevos héroes nacionales. Lamentablemente, no fue así del todo -sí pude deleitarme con la nuca de Casillas, la sonrisa de Xavi y la altura de Del Bosque-, pero, a pesar de ello, el pasado 22 de octubre fue un día especial: descubrí el encanto, la magia y la trascendencia de una ceremonia a la que hasta entonces apenas había prestado atención.

El Campoamor, listo para los premios
Desde que tengo memoria, recuerdo la entrega de los Premios Príncipe como un acto protocolario serio, aburrido y con un par de caras conocidas entre un sinfín de extraños, además de un evento con el que los medios de comunicación se volcaban. Ahora, puedo afirmar que aparte de todo eso, la ceremonia en el Teatro Campoamor de Oviedo es también un momento sobrio, lleno de encanto y sencillamente precioso. No sé si esa magia que desprende se deberá a la permanente banda sonora de las gaitas asturianas -cómo adoro su música-, a la bonita estampa del coliseo engalanado o al omnipresente color azul, asociado a la fundación que entrega los premios, que viste la ciudad. O quizás la razón esté en la propia Oviedo, que cede sus calles para que los premiados e invitados las recorran flanqueados por unos ciudadanos entregados y el sonido de las gaitas. Puede, también, que el encanto de los Premios Príncipe proceda de la misma ceremonia, con esas ovaciones, dentro y fuera del teatro, que reciben algunos de los galardonados.

Venga de donde venga, el verdadero momento mágico sucede, en mi opinión, cuando los premiados pasan junto a la estatua de la estudiante lectora -'Esperanza caminando', se llama- segundos antes de entrar en el Campoamor. Esta escultura, tan sobria y sencilla que podría pasar totalmente desapercibida, ha posado junto a personajes tan reconocibles y admirados como Nelson Mandela, Al Gore, Woody Allen, Rafa Nadal o incluso la autora de la saga literaria de Harry Potter, J. K. Rowling. Ha visto como Michael Schumacher, Yelena Isinbayeva o nueve jugadores de la Roja accedían al teatro; ha acompañado a Günter Grass, Arthur Miller o el arquitecto Norman Foster por la alfombra azul... Y siempre con esa humildad que parece caracterizarla.

'Esperanza Caminando', via JapaneseSigns

Además de visual y emotivamente atractivos, los Premios Príncipes de Asturias son, sobre todo, relevantes. Por unas horas, a veces incluso días, Oviedo se convierte en la capital cultural y social de España, y puede que incluso de más. La fachada del Campoamor y las puertas del Hotel Reconquista, donde se alojan los galardonados y la Familia Real, reciben las visitas -por Internet, la televisión, los periódicos...- de cientos de miles de personas, lo que hace de estos puntos dos de los lugares más reconocibles -aunque sólo sea por el nombre-.

Por si esto fuera poco, la concesión del premio a determinadas personalidades tiene sus efectos en la ciudad -o eso parece-. Así, Santiago Calatrava ha diseñado un extravagante palacio de congresos que de momento alberga un centro comercial y acogerá también un hotel; Oscar Niemeyer ha creado el Centro Cultural Internacional que lleva su nombre en Avilés; y Woody Allen ha rodado en los alrededores de Oviedo la película que le valió el Oscar a Penélope Cruz, 'Vicky Cristina Barcelona'.

Con o sin la Roja, estos Premios Príncipe, los primeros que he vivido de cerca, aunque no tanto como me hubiera gustado, me han hecho mirar Oviedo con más respeto y admiración que antes, y sentir, un día más, que no podría haber elegido mejor lugar para continuar mi vida.

15 de octubre de 2010

Cudillero, un puzzle con vistas al mar

Una de las grandes ventajas de vivir en Asturias es que cualquier tarde libre puede convertirse en unas vacaciones. Sólo necesitas un coche y unas dos horas de tu tiempo para hacer turismo y conocer algunos de los rincones con más encanto del norte peninsular. Vale que en la Meseta también puedes acercarte en un momento a cualquier paraje inolvidable o visitar unas ruinas, pero, qué queréis que os diga, no es lo mismo que sentir bajo tus pies cómo las olas golpean contra las rocas...

Es lo que tiene el mar, que relaja. Es perder la vista en el horizonte azul y olvidarte de que al día siguiente tienes que trabajar -quien tenga esa suerte- o de que esa misma noche te toca alguna de esas tareas que siempre dejas para el final como, yo qué sé, planchar la ropa. Esa tranquilidad, esa paz, es a lo que yo llamo vacaciones. Porque las vacaciones son, sobre todo, descanso, descanso de la vida cotidiana.

Por eso hoy puedo decir que el martes estuve de vacaciones. ¿Dónde? En Cudillero. Fue una compañera de mi antiguo trabajo quien mencionó el nombre de Cudillero y, aunque no recuerdo exactamente a cuento de qué, lo asocié con el de un lugar que debía visitar. Así que cogí el coche -para ser exactos, simplemente me senté en el asiento del copiloto...- y, 56 kilómetros más tarde según la Wikipedia y algo más de 60 según el GPS, llegué a mi destino.

Vista general de Cudillero, por jlmaral

Nada más entrar en Cudillero, supe que no se trataba de un pueblo cualquiera, porque la estrechísima carretera que se precipita hacia el centro a través de continuas curvas bien podría haberla imaginado el mismísimo Tolkien. Luego, cuando después de unos minutos que se antojan horas alcanzas el final del camino y miras atrás, la vista es maravillosa.

De un lado, el mar, y del otro, un sinfín de casas amontonadas unas encima de otras a lo largo y ancho de dos laderas como si formaran parte de un puzzle gigantesco. Una estampa muy parecida a la imagen de Oporto desde la otra orilla del río Duero, junto al puente Luis I. Pero lo mejor se encuentra en el interior.

Casas en Cudillero, por Javier Losa

Una vez que te dejas perder en sus callejuelas, te encuentras ante un laberinto interminable de escaleras y rampas que comunican todas las casas del pueblo. Los pixuetos, que es como se conoce a los habitantes de Cudillero, no caminan por las calles, lo que hacen es subir y bajar escalones. Pero no hablo de escaleras convencionales, de las que van en línea recta, no, sino de zigzags que giran a un lado y otro y se bifurcan a cada pocos pasos en dos o tres ramales.

En fin, unas calles llamativas, preciosas en un día lluvioso por el brillo que desprenden suelo y paredes, y, si tienes el día tonto, también divertidas.

La otra gran atracción de Cudillero -aparte de comer en alguno de sus numerosos restaurantes, por supuesto- consiste en pasear junto al mar, a lo largo del puerto o bien subiendo hacia el faro o algún otro mirador. Allí, contemplando la inmensidad del Cantábrico, sintiendo el viento en la cara y percibiendo el peculiar olor que emana de los pueblos pesqueros, sientes que la vida es hermosa. Tal cual.

El faro de Cudillero y el Cantábrico, por Javier Losa

Y ahora, dejando a un lado el lado más místico de este pueblo asturiano, ahí van un par de curiosidades sobre Cudillero:

- Tiene 5.797 habitantes, población que vive, sobre todo, de la pesca y el turismo. (Vía Wikipedia)

- El concejo alberga un total de 23 playas, tres de ellas con la preciada bandera azul. (Vía 'La Nueva España').

- El nuevo estadio que se inaugurará en noviembre llevará el nombre de La Roja. Eso sí es un homenaje. (Vía 'La Nueva España').

- El municipio cuenta con la particularidad de ser el único donde se habla el pixueto, un dialecto del asturiano que incorpora vocablos nórdicos. Para no olvidarlo, cada 29 de junio, festividad de San Pedro, se lee un poema en pixueto que relata todo lo acontecido ese año. (Vía Wikipedia)

¿Queréis saber más? Pues echadle un vistazo a la web de la Oficina de Turismo.

8 de octubre de 2010

Semáforos eternos

Una de las cosas que más me llamó la atención al llegar a Oviedo fueron sus semáforos. En apariencia, idénticos a los de cualquier otra ciudad, pero, una vez que te paras ante ellos, sobre todo si circulas en coche, descubres que tienen algo fuera de lo común. ¿El qué? Que el color rojo dura una eternidad.

Cierto que la medida del tiempo puede ser subjetiva -lo que para unos es un momento para otros es interminable-, pero, aunque aún no lo haya comprobado científicamente -vamos, con un reloj-, os aseguro que el semáforo en Oviedo permanece en rojo durante mucho más tiempo que en otras ciudades como Valladolid, Zamora o Salamanca. Y no lo entiendo.

¿O será porque el color rojo está de moda?

Se supone que para que el tráfico en una ciudad sea fluido deben evitarse los atascos, pero, si obligas a que una fila larguísima de coches se mantenga parada durante varios minutos a la espera del verde, lo que provocas es, precisamente, un embotellamiento, ¿no? Además, no estamos hablando de un lugar en el que escaseen los semáforos, sino más bien todo lo contrario... En fin, que no le encuentro explicación.

Por eso, hasta que algún buen samaritano me dé una buena razón, he optado por pensar en cómo puedo invertir mi tiempo ante la temida luz roja cuando me convierta en conductora. Al fin y al cabo, ese día llegará y he de estar preparada.

Así pues. Qué hacer ante un semáforo en rojo en Oviedo:

- Repasar mentalmente la lista de la compra, intentando memorizar por orden alfabético todos los productos -y, si hay tiempo, que lo habrá, traducir las palabras al inglés, darles la vuelta, crear otras nuevas con ellas, nombrar todas las marcas de leche que puedas recordar, recitar los anuncios que las promocionaban en televisión... y así hasta que se ponga en verde-.

- Echar un vistazo a los titulares del periódico y, acto seguido, mirar el horóscopo, rellenar el autodefinido, intentar solucionar el sudoku...

- Coger el catálogo de Ikea y diseñar nuevas disposiciones para tu casa: en el salón, el dormitorio, la cocina, los baños, las 30 habitaciones de tu hogar de ensueño...

- Hacerte la manicura: cortarte las uñas, limarlas, suavizar las cutículas, pintarlas, agitarlas para se sequen, darles una segunda capa, pensar en una tercera...

- Escribir tus memorias...

5 de octubre de 2010

Llueve

Es curiosa la reacción de la gente, sobre todo porque en la mayoría de los casos es la misma. Al anuncio de que me mudaba a Oviedo, todos -o casi todos- comentaron que era una ciudad muy bonita pero tenía un gran inconveniente: el clima. Que llueve mucho, siempre está nublado y, muy importante, voy a necesitar un paraguas. Vaya hombre, como si no lo hubiera necesitado viviendo en Valladolid... Qué pasa, ¿que si no cae agua al menos una vez a la semana da igual que nos mojemos?

Llueve en Oviedo, via Los viajes de Eva
En fin, que lo que la gente no sabía, y yo me apresuraba en aclarar, era que a mí la lluvia me gusta. Sí, señor, me gusta. Vale que existe la posibilidad de que tras unas cuantas semanas seguidas sin ver el sol cambie de opinión, pero, hoy por hoy, cuando me asomo a la ventana y veo el cielo de color gris, me siento bien. No sé, quizás se debe a que soy una persona bastante casera, o a que el calor del verano en la Meseta me aplatana tanto que lo resisto tachando los días que faltan para que vuelva el otoño, o puede que la razón esté en que me recuerda el feliz año que viví en tierras británicas, donde el sol también brilla por su ausencia...

Quién sabe. La cuestión es que en los días nublados, y en los lluviosos, me siento más activa, con ganas de hacer cosas, de comerme el mundo... Me siento mejor. Cuando calienta el sol, en cambio, lo único que se me pasa por la cabeza es buscar una sombra donde tomar una cerveza fresquita... Que no es mal plan, pero no se puede vivir de ello.

Además, que llueva muy a menudo no significa que todos las tardes caigan granizos como pelotas de tenis. Qué va, aquí lo que se lleva es el orballu -orbayu en asturiano-, el chirimiri o calabobos de toda la vida. Te moja, pero no te impide salir a dar un paseo. De hecho, si quieres hasta puedes prescindir del paraguas... Eso sí, si luego pillas un resfriado no deberías extrañarte.

Así que aquí estoy, mirando por la ventana mientras escribo esto y pienso: ¿De verdad alguien rechazaría vivir en este paraíso sólo por unas gotas de agua?